Mención especial en Poesía XIX Bienal José Antonio Ramos Sucre Cumaná 2013

sábado, 20 de febrero de 2010

Reseña Papel Literario de Creí que me besarías antes de partir



Papel Literario


Ausencia presente del amor y los rigores del espacio"Amor empieza por desasosiego / solicitud, ardores y desvelos; / crece con riesgos, lances y recelos; / susténtase de llantos y de ruego".

Sor Juana Inés de la Cruz





BLANCA ARBELÁEZ

blancarbelaez@hotmail.com





A penas leí el titulo sugestivo de esta nueva obra de Ana María Velázquez, Creí que me besarías antes de partir (Areté, 2009), presentí que todo el texto me atraparía.

Las líneas me fueron llevando y me abandoné a cada relato como si --de toda una vida-- sus personajes hubieran estado cerca de mí, en sus andares y sentir, y que les había ignorado hasta ahora más por descuido que por resistencia. Y es que frente a historias que tratan sobre el amor y el desamor no vale resistirse porque estas nos rozan, nos igualan, nos afectan... dejan huella. 






El amor como afección moviliza, inclina hacia algo y acaricia el alma, así, frente al pronunciamiento de nacer y morir en soledad, el amor hilvana y deshilvana la vida de principio a fin. Salva de las propias miserias o condena al desasosiego y al desvelo. En
Creí que me besarías antes de partir, el amor es una ausencia presente que se anuncia desde el epígrafe: "siempre hay algo ausente que me atormenta". La ausencia es huella irónica que moviliza y conduce a los cuerpos al borde de un abismo, abismo que decía Hesíodo era lo que había antes de todo.

Pienso en el abismo y poso mis ojos sobre la portada del libro. ¿A dónde nos conduce esa puerta? ¿Con cuáles mundo nos conecta? ¿Nos invita a atravesarla o alguien la ha dejado así tras su despedida? Abro el libro al azar y la frase "No me traigas rosas" me devuelve a la imagen de la portada. Una rosa sobre la silla, solitaria, iluminada por esa luz que viene desde el otro lado de la puerta, un principio pasivo pero símbolo del amor que, aquíno ha sido arrojado al piso, más bien, parece colocado con delicadeza sobre la silla. De pronto, imagino a todos los personajes desfilando por ese espacio, cruzando la puerta. Van tras sus huellas amorosas, van a un encuentro que ahora es sólo memoria. La memoria dijo Esquilo es la madre de las musas.En Creí que me besarías antes de partir la memoria no sólo cita los recuerdos, estos son vívidos y revividos por los personajes para quienes el amor ausente se convierte en leit motiv de sus acciones, y les confronta con el sentir del presente. Baste este fragmento: "recordé todo y volví a tenerlo cerca de mí, a sentir su caricia en mi cara y mi cintura, caricia que venía con la brisa de la tarde que me lo traía de nuevo... pude entonces sentir por primera vez en un año mi alma ligera y cambiante".

Una voz femenina recorre las diferentes entradas narrativas del texto: cuentos, fragmentos de diarios, comentarios y poesía. Esa voz indaga, refuerza y se amolda a personajes. De allí que sentida y reflexiva, recurra, por ejemplo, a la intertextualidad expresa para acercarnos a personajes emblemáticos como Frida Kahlo, Silvia Plath o Camile Claudel. ¿Acaso el dolor de sus cuerpos y delirio de sus mentes son la cicatriz del amor siempre en fuga? Pero esa voz también se mimetiza entre voces antiguas como la de la india Araúna, amada esposa del cacique Paraguachí, quien iluminada por el sol y la luna escribe para que hoy todavía la leamos. Lo que una vez fue oralidad, hoy es letra que recoge la lucha heroica de su amado muerto.

Comencé diciendo que me dejé llevar por todo el texto, y de hecho fue así, pero confieso otras lecturas detenidas con lápiz en mano. Me di cuenta entonces que devenían de lo amoroso otros temas como lo citadino, la soledad, los mitos y la escritura, y que Ana María Velásquez los había escondido en minirrelatos. Alguien dirá poesía en prosa. Les invito a descubrirlos. Comprendí también que a pesar de la posible ubicuidad del amor como tema y de la movilidad y gestos de los personajes, sus historias sólo podían darse en los espacios que se daban. Espacios vitales y, por ello, potencialmente dolorosos. ¿Protagonistas entonces? Lugares familiares al lector, como paisajes marinos, la avenida Baralt, las iglesias, casonas gomeras o El Ávila, se amplifican porque contienen y afectan a los personajes, logrando por momentos que estos se mimeticen entre sus espacios. Así, por ejemplo, las aguas de Macanao no sólo se tragan la corporeidad de Carlos, sino todo su ser para transformarlo en el amor ausente disuelto en el paisaje: "aquel dolor de mi amado hombre, y también mío, antes presente en todos los rincones de la playa, se desvanecía". Y aquella casa gomera que enseñó a cuatro generaciones de mujeres a amar, a ser viudas y donde la locura se confundió con sus sombras, hay que abandonarla para cortar la simbiosis.

No en vano, la avenida Baralt tiene vida propia, es consciente de sus suciedades generadoras del mal vivir. Fuma o se burla de los transeúntes y, también, dirá la voz que la recoge "los mira pasar con ironía mientras se hurga los dientes con un palillo usado que encontró en una de sus aceras".

Los espacios también insuflan de vida a los objetos y a las emociones para darle a éstos un carácter simbólico efectista. Una camisa blanca es lo único que trae las aguas marinas como mensaje de despedida del ser amado. La iglesia es refugio de luces y de voces, donde los marasmos son verdes, azules o rojos o, cito: "el hálito perverso respirando junto a las cabuyeras de las hamacas fue un presagio no comprendido". Objetos como taza, copa, pluma, reloj, rosas o tulipanes son espaciados con sentido y objetivo particular en las historias donde se encuentran.

Pero el recurso de las imágenes y la adjetivación de los espacios que simbolizan poder, también afecta y juega con la memoria, convirtiendo la búsqueda de la huella amorosa, bien en lucha de identidades o transmutaciones agobiantes, como es el caso de las perras libertarias o mujeres perras que descienden del Ávila, bien en un apacible desencanto que proyecta la luz de los vitrales de una iglesia, sobre el rostro de una mujer.

Luz que la transforma en mujer-color, mujer-brillo, mujer-reflejo-de-vidrio, mujer-imagen-cambiante, diría yo cambiante adinfinitum.

Y es que padecer la ausencia presente del amor, del que fue o del que no ha sido, va descamando la piel y la memoria, y como despojos quedan por el camino. Se decide cruzar la puerta, se es otro, para de nuevo abrazar o ser poseídos por otros espacios, otras historias, otros amores que alguna pluma estará dispuesta a recoger.

He rozado apenas la ausencia y el espacio, exprofeso dejo mucho por fuera, para que lectores o escribidores lo continúen.

Tendrán mucho que decir porque en Creí que me besarías antes de partir nada es azaroso. Es probable que alguna página les devuelva sensaciones propias. Encontrarán relatos conmovedores y más aún, si sienten que algún personaje pudo haber hurgado en sus diarios, donde guardan emociones y tal vez amores secretos.