Mención especial en Poesía XIX Bienal José Antonio Ramos Sucre Cumaná 2013

domingo, 20 de marzo de 2011

Hembras de la tierra sagrada

            Inmensa, quieta, misteriosa montaña que delimita el norte de mi ciudad, la wuaraira repano de los indios caracas, montaña sagrada que llamamos Cerro Ávila en español, la que todos los días de mi vida he visto desde mi ventana al levantarme y a la que todos esos mismos días he olvidado saludar con reverencia.
            En ella se concentran todas las historias de los antiguos pobladores del valle de Santiago de León de Caracas, todos los fantasmas de los héroes y de los narcotraficantes, de los escaladores y de los violadores. En ella viven seres misteriosos, bestias terribles que asustan y espantan, perras salvajes, de gran pelaje rubio claro, que, cada noche, descienden a cobrar víctimas entre los ingenuos fiestantes de la capital.
            Dicen las viejas matronas que viven cerca de la Cota mil, que las han visto transformarse en hembras hermosas de largas piernas. Y, luego, más tarde, regresar en la madrugada, ya otra vez en su forma de perras,  corriendo con las mandíbulas manchadas de sangre.
            Los hombres se van con ellas buscando experimentar los placeres y orgasmos que aquellos poderosos muslos prometen, que aquellos labios grandes y carnosos susurran en la nuca durante el baile, pegados los cuerpos, sudorosos, nerviosos.
            Se cree que son perras libertarias que un día se escaparon de las casas de sus dueños y se fueron a vivir en manadas. Se dice que nunca olvidaron el gusto por los hombres, que nunca dejaron de desear el olor de un hombre en sus vaginas, su semen, picante y caliente, derramándose por sus muslos.
            Por eso es que siguen bajando a buscar machos en la ciudad. Hombres de todas clases y de cualquier edad: lo único que importa es satisfacer sus instintos. Luego, cuando el último bar ha cerrado y las parejas se dispersan en las sombras de una ciudad inmunda, llena de excrementos y de perros muertos reventándose en su podredumbre, atacan. Sobre todo en noches sin luna, cuando más seguras se sienten de mostrarse como son: bestias agresivas, sedientas de sexo, semen, sudor, saliva y sangre.
            En la mañana la policía dirá que aquellos hombres fueron muertos a puñaladas. Guardarán para sí el dato del médico forense de que no fueron “cortadas” de puñal lo que los mató, sino heridas hechas por dientes filosos.
            La historia de las perras libertarias asusta, en especial, a los viajeros nocturnos de mundos alucinados de alcohol y de sustancias químicas. Ellos son los que más matan, justo por ser los que logran verlas tal como son, instantes antes de morir destrozados a dentelladas.
            Fumo y contemplo la montaña desde mi escritorio y siento el hechizo intangible que atrapa la mente y las emociones y hace que no pueda ni explicar porqué vienen a mí estas visiones. Y, de pronto, siento que sí es posible vivir como ellas, como las perras libertarias, que todas, en el fondo, tenemos algo de ellas. Yo misma me he transformado, a veces, en algo que no se qué es, bestia, loba aullante o amante desmedida, cuando he sentido la mirada achinada del chamán que me habita y que me obliga a inhalar el yopo sagrado. Ya cerca del amanecer, cuando despierto en mi cama,  confundida me pregunto qué estoy haciendo yo en este cuerpo de mujer, cuando acabo de correr cerro arriba y todavía mis patas delanteras laten del esfuerzo y mi cuerpo exhala un olor fuerte de pelaje sudado y mi boca está manchada de sangre ¿o es la pintura de labios de anoche?
            Más tarde, bajo a calentar el motor de mi auto y no puedo despegar ya la vista de la montaña sagrada, pensando que hay misterios de mí misma que no puedo comprender.
            Aullidos y ladridos a lo lejos me erizan la piel y entonces acelero asustada, sabiendo que ya se acercan a mi casa. Por el retrovisor las veo venir a esperar mi regreso esta noche, cuando la oscuridad se haga cómplice de una huida, a las perras libertarias, a las madres asesinas, guardianas de lo sagrado femenino, que me reclaman.

Ana María Velázquez
Paraguachí 07/8

Este cuento fue publicado en Ecuador, 2008, Revista BG Magazine

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