Mención especial en Poesía XIX Bienal José Antonio Ramos Sucre Cumaná 2013

domingo, 20 de marzo de 2011

Julio y las horas, por Ana María Velázquez

Noche, madrugada cerrada y las horas esperan, suspendidas en el aire, sin atreverse a caer, unas, dos, tres, hasta que Julio cierre sus ojos y duerma, cuatro, cinco, seis, y luego suene, de nuevo, el despertador para anunciar el inicio de la nueva jornada.
Julio piensa en la oscuridad de su cuarto en que ya hace más de un mes que no ve a Aurora, un mes sin tener noticias de ella. Difícil pensamiento porque nunca, en los últimos años, se habían separado por tanto tiempo. Parece que ya la separación es definitiva, pero cuánto tiempo le ha tomado entenderlo. Aurora ya se olvidó de él y él todavía sigue aferrado a un posible regreso, a un posible reencuentro, a que la vida se detenga por instantes y le permita sentir de nuevo lo que sentía al estar al lado de ella, el sentimiento y la ternura que le permiten volver a ser el hombre en el que se convierte cuando está a su lado, seguro, alegre, lleno de confianza.
Este hombre que es no le gusta. Es el mismo de antes de Aurora, el Julio gris, que se dedicaba a trabajar y trabajar para llenar su vacío, pero que soñaba con mundos desconocidos y, siempre, mucho más coloridos que el suyo. Aurora llegó con la brisa de la mañana, fresca y luminosa, a llenar ese espacio de sus sueños que se imaginaba lleno de novedades, lleno de incertidumbres también, pero un espacio en el que se sentía vivo, vibrante.
Entonces surgió el nuevo Julio, el que se veía a sí mismo a través de los ojos de Aurora. Se sorprendió al principio, pero después se fue acostumbrando a aquella nueva faceta de sí mismo que tan bien le hacía sentir y pronto ya ni siquiera recordó su vida pasada, gris y monótona. Aurora había llegado con un traje nuevo para vestirlo y muchas ganas de hacer el amor y permanecer por horas fumando un cigarrillo a su lado, mientras charlaban de todo y arreglaban el mundo.
Después vino la hermosa vida que se labraron juntos, la casa, el logro, el destino que, junto a Aurora, comenzó a sonreírle, a mostrarle su mejor cara. Pero después algo había pasado que él no sabía identificar. Una  lejanía, una frialdad de ella de pronto se interpuso entre los dos. Entonces re-piensa la relación y comienza a verle, en la oscuridad de su cuarto, las costuras, las cosas que nunca le cuadraron ni le convencieron, y empieza a verse a sí mismo bajo una nueva óptica. No el Julio que veía ante sí cada mañana al mirarse al espejo, fresco y optimista ante el futuro, sino un Julio que se cansó de la espera por el regreso de Aurora, que se cansó de ser “de avanzada” y no complicarse con su ausencia, que confiesa ante sí mismo su necesidad de ella, muy a la antigua por demás. Su necesidad de que la lejanía de ella, y, probablemente, los nuevos horizontes que se dedica a perseguir ahora, lo incluyan a él, aunque sea en el papel secundario de amigo, de confidente, o de algo, cualquier rol que se le ocurra a Aurora, pero que le permita seguir  conectado con ella.
Reconoce su necesidad y, también, que la misma se queda sin llenar en la noche fría, de madrugada fría que lo obliga a arroparse bien y girar hacia un lado de la cama buscando el punto en el cual su cuerpo produzca más calor. Se da cuenta de que ya la lejanía de Aurora raya en olvido y eso le duele. Tener que volver a ser él sin Aurora lo atormenta. Verse desnudo, contemplarse sin el traje de filigrana que ella le había puesto, le produce pesar.
Un ir y venir constante sin sentido es la vida que ha llevado en estos días, pero es la misma que ha llevado siempre, lo reconoce, la que lleva todo el mundo. Lo que pasaba era que con Aurora él tenía una ilusión y entonces aquel ir y venir sin tregua se hacía más llevadero, se toleraba más. Ahora, dejará de tener sentido todo, como antes, cuando estaba solo y la melancolía acechaba en cada rincón, presta a atacar y convertirse en una rabia inmensa que estallaba con cualquiera que se cruzara en su camino.
Las horas, que no se atreven a caer de una vez, aguardan suspendidas, hasta que el último recuerdo de Aurora se haya ido y Julio cierre los ojos y se entregue al sueño. Él siente aquel vacío, como si de pronto la ciudad entera se hubiera despoblado, como un primero de Enero, silencioso y callado, sin gente que atormente en las calles. Se pregunta qué pasará ahora con él y si algún día volverá a ver a Aurora y su delicado rostro y, sobre todo, si se volverá a ver a sí mismo como ella lo enseñó a verse. Quiere confiar en ello, apostar a que el desencuentro con Aurora pronto pase, a que sea  sólo un mal entendido, una racha de mala suerte de ella en la oficina y que por eso no haya tenido tiempo para llamarlo, o que esté enferma y no se sienta con ánimos de mandarle ni siquiera un mail. Pero enseguida el frío y el vacío de las horas le hace ver que se equivoca, que no es por problemas ni por enfermedad que Aurora no se comunica, es que ya, simplemente lo ha olvidado, y él debe aceptarlo y volver a ser el antiguo Julio.
Un peso descarga fuerte en el medio de su pecho y su antigua melancolía se acerca como un gato inmenso que se acurruca sobre la cama. Tan simple como acordarse que debe hacer dieta y que debe terminar la pila de trabajo que tiene sobre la mesa del comedor, tan simple como decirse que hay que ir un día de estos a ver a su madre que tiene días que no ve, tan simple, y a la vez tan complejo, va a ser olvidar a Aurora.
Habrá que empezar ese mismo día que ya amanece, esa misma madrugada en que tanta falta le hace su cuerpo, la curva de sus caderas bajo la manta, el olor de su cabello recién lavado, su calor en la cama. Una cama extraña, de cuarto de pensión, que no es la suya, la de su casa, una vida extraña, que no es la suya, que presiente le costará trabajo aceptar.
Entonces escucha el tic, tac, de algún reloj de cocina, fuerte y sereno, marcando los segundos al compás, tic, tac, que resuena en la soledad de los pasillos y le va adormeciendo, tic, tac, que le conduce el alma hacia los sueños y las imágenes.
Entonces las horas se liberan de la espera y caen, una, dos, tres, sobre  la oscuridad silenciosa que despacio se espesa con reflejos del nuevo sol y se convierte en amanecer, luminoso, fresco y algo tímido, con una luz delicada entre las ramas de los árboles. Julio duerme y ellas, las horas, ahora pueden seguir su ritmo natural.

Ana María Velázquez
Paraguachí, 2009

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