Mención especial en Poesía XIX Bienal José Antonio Ramos Sucre Cumaná 2013

sábado, 26 de marzo de 2011

Herta Müller, Barcelona y Hoy hubiera preferido no encontrarme a mí misma

Oí decir, en estos días, a una estudiosa de la literatura que a ella las novelas le gustan grandes, de muchas páginas, novelas que le provean el placer de sumergirse en la lectura y pasar mucho tiempo entre sus personajes. Confieso que a mí también. Me encantan los "ladrillos", los libracos que pesan en el brazo y en el morral. Cuando uno de ellos me atrapa no hay forma ni manera que deje de leer. Leo desayunando, almorzando y merendando (no hay que cenar para conservar el peso). Leo mientras espero a los alumnos entrar al aula, mientras espero al médico, al dentista, hasta en la cola de la Autopista, mientras espero que avance. Además, leo muy rápido y, por lo tanto, para prolongar el regodeo casi sensual que es una buena lectura, prefiero la novela larga. Con esto en mente me fui un día  de mi viaje a la librería Laie, Pau Claris en Barcelona, la que queda cerca de Plaza Catalunya en sentido Urquinaona. Quería escoger varios de estos libracos para leerlos a mi regreso a Caracas y, de paso, buscar la lista de encargos de mi amiga Blanche, gran lectora que, en realidad, consume libros como consume pan un adicto a los carbos. Con la alegría de que aquellas eran "mis" horas privadas con los libros, sin el apremio de la familia por ir a comer o a ver, una vez más, el arte de Gaudí, sin la cámara que tantos buenos planos me regalaba, sin el cuadernillo para mis notas de viajes, en fin, liberada de todo, entré a la librería.
Anunciaban en la puerta la próxima visita de Paul Auster para un encuentro con sus lectores y firma de libros.
Saqué cuentas, era el viernes. Si cambiaba la agenda de toda la familia quizás podría ir, sólo quizás (bájate de la nube Menina, no va a haber tiempo, a los chicos no los vas a embarcar por PA, estar con los chicos y con  tu marido viendo cine de autor que tardará un año en llegar a Caracas, es mejor, olvídate chica, no firmes el libro de "posibles asistentes", no dejes el mail, te van a estar recordando y te vas a sentir mal por no poder cumplir). Aunque quería que el libro de Blanche de PA tuviera dedicatoria de autor, un pequeño lujito para su biblioteca en Caracas, aquello lo vi entonces muy lejos, lejísimo.
Entonces, liberada ya también de la angustia por Paul Auster, me dediqué a otro de los grandes placeres de la vida: buscar libros en una librería en Barcelona. Pasé el resto de la mañana, la hora del almuerzo y llegó la hora del descanso, a principios de la tarde, y yo ahí, paseando entre los bellos estantes de madera clara llenos, plenos, hermosamente colmados de cuantos libros de literatura hubiera. Finalmente me decidí por varios que sabía no encontraría en Caracas y que el animoso librero me recomendó como las lecturas del momento, entre ellos una joya literaria de Herta Müller: Hoy hubiera preferido no encontrarme a mí misma, editorial Siruela. Cargada con ésta y mis otra "joyitas" en una gran bolsa, partí feliz a casa para encontrarme con los chicos y mi marido. Iba pensando en el banquete de letras que comenzaría esa misma noche, llevaba varios "ladrillos", gordos, hermosos, rebosantes, como cerditos bien alimentados. El de HM, sin embargo, sólo tenía 195 páginas. Uhmm, quizás fuera mejor salir de ése lo más rápido posible. En la parada de buses lo saqué de la bolsa y comencé a leerlo como quien se impone una tarea no-tan-amena-pero-tampoco-fastidiosa-del-todo.
Debo decir que pasó de largo el primer bus vía Passeig de Gracia, el segundo. Sólo cuando venía el tercero fue que tuve la suficiente fuerza de voluntad de separar mis ojos de las páginas del libro, levantarme del banco, medio mareada y titubeante, y subirme al bus, sintiendo el atrapamiento de un libro excepcional, uno que ya, con diez páginas leídas, me provocaba tristeza ver lo delgadito que era.
Ni qué decir que a la noche volví sobre el libro y leí hasta la madrugada. La noche siguiente también y la tercera y ya, se acabó el libro dejándome en la oscuridad de la habitación con una  sensación extraña, con un desasosiego. Se acabó la historia de esta joven trabajadora de una fábrica textil que durante la dictadura de Ceausescu es citada por la policía política a un interrogatorio y me quedé yo con un hambre terrible de seguir leyendo a HM.
La historia transcurre entre la parada del bús que la lleva a la central de inteligencia y su regreso de la primera sesión de interrogación, en la que no le hacen nada físico, pero llegan a aterrorizarla de tal forma que comienza a ver en todos  los transeúntes de la ciudad la cara de la muerte. En el interin las imágenes del trayecto, el padre que va con su hijo, la mujer mayor que va al mercado, el conductor, se mezclan con imágenes de su pasado, algo turbio, que ayudan a construir su vivencia y la de muchos opositores al régimen, plena de frustración, de desamparo físico y emocional, de muchas carencias intrafamiliares que se reflejan en el mundo de afuera con una fuerza represiva de gran magnitud. Uno no sabe entonces qué es peor: la policía política o su misma familia, con sus grandes misterios y carencias que la obligan a huir de casa apenas se le presenta la oportunidad. Es la historia del ser humano desprovisto de todo poder y, además, expuesto a cualquier cosa en un sistema político autoritario que no permite a nadie salir de sus parámetros. Como es joven la esperanza sigue allí, la necesidad de creer en un mundo mejor y posible y eso le quita, un poco, el peso depresivo y triste.
195 páginas no eran suficientes. Quise más. Como una vampíra sedienta de sangre volví a los tres días a la librería a buscar otro de sus títulos. Compré: El hombre es un gran faisán en el mundo.
A Herta Müller hay que leerla. Hay que fijarse bien en sus metáforas, en el trabajo del lenguaje, en su increíble conexión con lo ficcional y en el "cómo lo hace". Se aprende de las maestras, eso creo. A mí me hizo replantearme el abordaje de mi propia escritura. HM no es una pluma inocente, es una profesora de lengua alemana que logró huir de Rumanía y que ahora vive y trabaja en Berlín. En 2009 obtuvo el Premio Nobel de Literatura.
Ana María Velázquez

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