Mención especial en Poesía XIX Bienal José Antonio Ramos Sucre Cumaná 2013

Cuentos

"El mismo espanto que convierte la palabra en una mueca"

Ganador del III Lugar en Cuento corto VI Festival Literario ucevista, 2003.
Juarado: Carlos Noguera, Wilfredo Machado y Pedro Delgado
(En el libro Con los ojos abiertos. Fondo Editorial Ipasme, Caracas, 2008


Los soldados avanzan y por  donde pasan no queda nada. Con tanques y explosivos van devastando los edificios, las calles, los postes, los cafés, las librerías, los bares, las salas de video juegos, las estaciones de metro, los tenderetes de discos y de pinturas de labios.
No estoy despierta, estoy soñando con la guerra, con el fin de todo lo que un día tuvo sentido en esta ciudad de decadencias interminables.
¿Acaso moriré? ¿será este sueño un presagio de mi próxima muerte? ¿será una profecía del porvenir oscuro que nos aguarda?  ¿a mí, a todo este pueblo de olvidos y de abandonos infinitos?

Después nos acostumbraremos a las calles sin pavimento, destruidas por las bombas que lanzaron los aviones, a la suciedad de los albañales rotos y al excremento en todas partes, a la oscuridad de las noches sin bombillo callejero, a los apartamentos vacíos, a los mercados sin provisiones. Los que sobrevivan se acostumbrarán, irán de aquí para allá mirando sin ver porque ya no habrá capacidad para más asombro, serán como una horda de ciegos apretujándose en todas partes, en la parada del autobús, en los centros de distribución de gasolina, de alimentos, de medicinas, a las puertas de los hospitales, de los consulados, de la Cruz Roja, de los crematorios comunes.
Pero un sueño es siempre un sueño, sólo una visión que, aunque conmueva el alma, no tiene necesariamente que cumplirse. Espero que pase rápido, que no sea tan cruel, que al menos nos dejen las viviendas para refugiarnos, los mercados para proveernos, los servicios básicos, que no destruyan los museos, que dejen tranquilas las bibliotecas y  la estatua de Balzac, también la de Martí. Ojalá que no se ensañen contra las obras de Léger de la Universidad, que no quemen las muñecas de Reverón ni nos arrebaten los chicalotes y las dulcamaras, esas plantitas que se agarran con fuerza al abismo de Luvina.
Sueño y como en un sopor veo las acciones confusas de los seres humanos buscando algo que no encuentran más que en los depósitos de basura, en los restos de lo que quedó olvidado en las aceras, sucio, roto, inservible, barcos de papel a la deriva, guiñoles desmembrados, cometas llenos de huecos con sus hilos enredados en los cuerpos entumecidos de pavor y las caras paralizadas en el asombro.
Sueño y olvido que sueño porque la claridad de las imágenes me hace pensar que es real aquel mundo de humaradas negras, llantos interminables y relojes eternos, ding, dong, que marcan el tiempo preciso de cada lágrima, de cada gemido, ding, dong, como si las lágrimas y los gemidos fueran parte de una melodía, ding, dong, de una sinfonía si se le agregan los gritos nocturnos de las pesadillas.
Ahora estoy en el  paseo junto al río, aquel donde sacaba a caminar a Olga, animal de dulce expresión que acompañó mi vida. Pero, en vez del parque con los bancos de madera de siempre, encuentro una gran fosa, un lugar al que se lo ha tragado la tierra  y, en medio de aquel gran hueco negro, una bolsa de basura con un perro adentro reventándose de podredumbre. Sé que es Olga, no puedo soportarlo, quiero despertar pero mi voluntad no cuenta, la muerte cruel de mi perra me persigue aunque corra buscando una salida, sé que era ella, sé que es su cuerpo el que se descompone en la fosa donde alguien la dejó olvidada porque no hay cementerios para los perros. Pero por más que corra estoy presa de los caminos misteriosos de la visión que salen del paseo junto al río y me llevan hasta donde están los cadáveres que van a ser cremados, sin rezo, sin misa, sin nombre, porque no hay tiempo de averiguar identidades y saber quién es quién y quién debe cargar con cuál muerto.
Algunos buscan el que les corresponde, yo me uno a ellos, con el miedo pegado al costado, temerosa de que los aviones vuelvan a bombardear la ciudad, pero me afano en mi labor junto con los demás, con apuro, con ahogo por el hedor insoportable.
Trato  de encontrar a mis padres para llevarlos a sus tumbas, los pondré allí para que descansen de todo esto, para que puedan olvidar lo que han pasado, lo que han vivido en aquellos días de la crisis antes de la guerra, los días del desasosiego. Quiero que puedan dormir en paz, quizás soñar ¿pueden todavía soñar? ¿qué pueden soñar los muertos?
Una vez acabado el trabajo, me quedo ante sus tumbas acostada en la tierra que remuevo con mis manos de vez en cuando, como queriendo  que se abra y me deje entrar a mí también, como deseando que lleguen los soldados y me corten los brazos para poner uno en cada tumba y así poder abrazar a cada uno de mis padres eternamente.
Sueño con tumbas, miles de tumbas, miles de desaparecidos, de torturados, de ajusticiados y siento en la piel la angustia de aquellos días cuando todo el mundo sabía que habría guerra, pero nadie lo decía, cuando preferíamos callar y explicar que todavía estábamos a tiempo de hacer algo para evitarla. Es la angustia del que sabe y calla y callando muere o tiene que matar, con el  mismo miedo muere o mata, el mismo sudor frío recorriendo la espalda, el mismo espanto que convierte la palabra en una mueca.
Morir, dormir, soñar, aquí en mi refugio de imágenes puedo gritar tanto como quiera porque nadie vendrá a rescatarme, es sólo un sueño.
Pero entonces, al desviar la mirada del fusil que me apunta, no encuentro mi cama, ni mi lámpara, ni la mirada apacible de Olga que siempre cuidaba mis sueños porque sabía que eran nerviosos. No encuentro a Olga, lo que encuentro es  la sangre que me salpica, todavía caliente, de los que acaban de caer a mi alrededor.
Con el ruido del disparo, mi cabeza gira con violencia en la almohada y, al cambiar de posición, comienzo a soñar que he despertado, que acabo de regresar de la tierra arrasada y que alguien me ha pegado un tiro en la cabeza mientras soñaba ¿sueño que muero? ¿o muero y sueño que me han matado? 
No sé, no sé... en el vértigo siento que es lo mismo, que es igual, que es el mismo sudor frío recorriendo la espalda, el mismo miedo, el mismo espanto que congela la palabra en una mueca. 

Ana María Velázquez

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"Hembras de la tierra sagrada"
(En el libro Con los ojos abiertos. Fondo Editorial Ipasme, Caracas, 2008)

 Inmensa, quieta, misteriosa montaña que delimita el norte de mi ciudad, la wuaraira repano de los indios caracas, montaña sagrada que llamamos Cerro Ávila en español, la que todos los días de mi vida he visto desde mi ventana al levantarme y a la que todos esos mismos días he olvidado saludar con reverencia.
            En ella se concentran todas las historias de los antiguos pobladores del valle de Santiago de León de Caracas, todos los fantasmas de los héroes y de los narcotraficantes, de los escaladores y de los violadores. En ella viven seres misteriosos, bestias terribles que asustan y espantan, perras salvajes, de gran pelaje rubio claro, que, cada noche, descienden a cobrar víctimas entre los ingenuos fiestantes de la capital.
            Dicen las viejas matronas que viven cerca de la Cota mil, que las han visto transformarse en hembras hermosas de largas piernas. Y, luego, más tarde, regresar en la madrugada, ya otra vez en su forma de perras,  corriendo con las mandíbulas manchadas de sangre.
            Los hombres se van con ellas buscando experimentar los placeres y orgasmos que aquellos poderosos muslos prometen, que aquellos labios grandes y carnosos susurran en la nuca durante el baile, pegados los cuerpos, sudorosos, nerviosos.
            Se cree que son perras libertarias que un día se escaparon de las casas de sus dueños y se fueron a vivir en manadas. Se dice que nunca olvidaron el gusto por los hombres, que nunca dejaron de desear el olor de un hombre en sus vaginas, su semen, picante y caliente, derramándose por sus muslos.
            Por eso es que siguen bajando a buscar machos en la ciudad. Hombres de todas clases y de cualquier edad: lo único que importa es satisfacer sus instintos. Luego, cuando el último bar ha cerrado y las parejas se dispersan en las sombras de una ciudad inmunda, llena de excrementos y de perros muertos reventándose en su podredumbre, atacan. Sobre todo en noches sin luna, cuando más seguras se sienten de mostrarse como son: bestias agresivas, sedientas de sexo, semen, sudor, saliva y sangre.
            En la mañana la policía dirá que aquellos hombres fueron muertos a puñaladas. Guardarán para sí el dato del médico forense de que no fueron “cortadas” de puñal lo que los mató, sino heridas hechas por dientes filosos.
            La historia de las perras libertarias asusta, en especial, a los viajeros nocturnos de mundos alucinados de alcohol y de sustancias químicas. Ellos son los que más matan, justo por ser los que logran verlas tal como son, instantes antes de morir destrozados a dentelladas.
            Fumo y contemplo la montaña desde mi escritorio y siento el hechizo intangible que atrapa la mente y las emociones y hace que no pueda ni explicar porqué vienen a mí estas visiones. Y, de pronto, siento que sí es posible vivir como ellas, como las perras libertarias, que todas, en el fondo, tenemos algo de ellas. Yo misma me he transformado, a veces, en algo que no se qué es, bestia, loba aullante o amante desmedida, cuando he sentido la mirada achinada del chamán que me habita y que me obliga a inhalar el yopo sagrado. Ya cerca del amanecer, cuando despierto en mi cama,  confundida me pregunto qué estoy haciendo yo en este cuerpo de mujer, cuando acabo de correr cerro arriba y todavía mis patas delanteras laten del esfuerzo y mi cuerpo exhala un olor fuerte de pelaje sudado y mi boca está manchada de sangre ¿o es la pintura de labios de anoche?
            Más tarde, bajo a calentar el motor de mi auto y no puedo despegar ya la vista de la montaña sagrada, pensando que hay misterios de mí misma que no puedo comprender.
            Aullidos y ladridos a lo lejos me erizan la piel y entonces acelero asustada, sabiendo que ya se acercan a mi casa. Por el retrovisor las veo venir a esperar mi regreso esta noche, cuando la oscuridad se haga cómplice de una huida, a las perras libertarias, a las madres asesinas, guardianas de lo sagrado femenino, que me reclaman.

Ana María Velázquez
Paraguachí 07/8

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Macanao
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